Fidel en el Aula Magna
Correo del Orinoco / 2016-11-29

La última vez que Fidel Castro estuvo en la Universidad Central de Venezuela fue el 3 de febrero de 1999, un día después de asistir a la histórica toma de posesión de Hugo Chávez, aquel hombre al que llamó entonces “un nuevo y joven Presidente”. Con apenas treinta y dos años de edad, Fidel había estado en la Aula Magna, cuarenta años antes, el 24 de enero de 1959, tres semanas después del triunfo de la Revolución en Cuba, y en pleno derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez.

Esa tarde pronunció un discurso cargado de emoción y referencias históricas cruzadas, separadas por cuatro décadas. Desarrolló su visión de la relación entre la cultura y la Revolución y expuso con impresionante claridad el ideario bolivariano que estaba en el sustrato de la Revolución Cubana.

Dijo allí Fidel que Cuba había hecho una Revolución en un país pobre de menos de 4 millones de habitantes, donde sólo 250 mil habían superado el 5to grado de la escuela básica; y contaba cuán difícil era acercar al pueblo a la idea del Socialismo:

“Muchas veces me encontraba con un ciudadano común y le hacía una serie de preguntas: Si le parecía que debíamos hacer una reforma agraria; si no sería justo que las familias fueran un día dueñas de sus viviendas, (…) si no le parecía correcto que todos aquellos bancos donde estaba depositado el dinero de los ciudadanos, en vez de ser propiedad de instituciones privadas, fueran propiedad del pueblo para financiar con aquellos recursos el desarrollo del país; si aquellas grandes fábricas, extranjeras (…) fueran del pueblo y produjeran en beneficio del pueblo; así por el estilo, le podía preguntar diez cosas, quince cosas similares y estaba absolutamente de acuerdo: “Sí, sería excelente”.

Y continuaba Fidel con el sello mordaz que lo caracterizaba: “En esencia, si todos aquellos grandes almacenes y todos los jugosos negocios que enriquecían únicamente a sus privilegiados dueños fueran del pueblo y para enriquecer al pueblo, ¿estarías de acuerdo? “Sí, sí”, respondía de inmediato. Estaba de acuerdo ciento por ciento con cada una de aquellas sencillas propuestas. Y de repente le preguntaba entonces: ¿Estarías de acuerdo con el socialismo? Respuesta: “¿Socialismo? No, no, no, con el socialismo no.”

El Aula Magna, abarrotada, estalló en risas. En medio de la efervescencia política que llenaba el aire aquellos días, Fidel afirmó: “Fueron las leyes revolucionarias las que más contribuyeron a crear en nuestro país una conciencia socialista, y fue ese mismo pueblo, inicialmente analfabeto o semianalfabeto, que tuvo que empezar por enseñar a leer y a escribir a muchos de sus hijos, el que por puros sentimientos de amor a la libertad y anhelo de justicia derrocó la tiranía y llevó a cabo y defendió con heroísmo la más profunda Revolución social en este hemisferio”.

Relató Fidel la épica de la alfabetización, la clave cultural para abrir las puertas de la conciencia: “Apenas dos años después del triunfo, en 1961, logramos alfabetizar alrededor de un millón de personas, con el apoyo de jóvenes estudiantes que se convirtieron en maestros; fueron a los campos, a las montañas, a los lugares más apartados, y allí enseñaron a leer y a escribir hasta a personas que tenían 80 años (…) Una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas”.

Esa tarde el Comandante, o simplemente Fidel, dejó flotar en el aire una de sus más certeras y poderosas enseñanzas: “Ningún pueblo se hace revolucionario por la fuerza. Quienes siembran ideas no necesitarán jamás reprimir al pueblo. Las armas, en manos de ese mismo pueblo, son para luchar contra los que desde el exterior intenten arrebatarle sus conquistas”.

Y reafirmó con claridad y convicción lo que el mundo, tras más de 50 años de bloqueo, reconoce como una verdad inocultable:

“Gracias al esfuerzo de tres generaciones de cubanos, se obró esa especie de milagro frente al imperio más grande que haya existido jamás en la historia humana, de que el pequeño país pasase una prueba tan dura y saliera victorioso (…) Estados Unidos no pudo vencer a un pueblo unido, a un pueblo armado de ideas justas, a un pueblo poseedor de una gran conciencia política (…) Resistimos todo lo que hemos resistido y estamos dispuestos a resistir todo el tiempo que haga falta resistir por las semillas que se sembraron a lo largo de aquellas décadas, y por las ideas y las conciencias que se desarrollaron en ese tiempo”.

El Aula Magna se rindió. No alcanzaron los aplausos. Ni alcanzará la historia para agradecerle.

Por William Castillo Bollé